El mismo patrón 
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La historia que se repite cuando la impunidad gobierna

Han pasado más de cinco años desde que se publicó este artículo, y hoy quise compartirlo nuevamente con ustedes para que reflexionemos qué tan poco hemos avanzado. Porque, mientras más reviso nuestra realidad, más evidente se hace que seguimos atrapados en el mismo patrón.

En estos días he estado viendo algunos clásicos de películas que retratan las estructuras y el comportamiento social de los Estados Unidos en los primeros años del siglo pasado; en los cuales el tráfico de influencias, la corrupción pública <<políticos, jueces, policías>> y la privada: empresarios, abogados, sindicalistas, médicos, etc., era el panorama en el cual se vivía. Una inmoralidad superior a la de Sodoma y Gomorra. Y mientras las observaba, no pude evitar reconocer en esas historias el reflejo de lo que hoy experimentan tantas sociedades, incluida la nuestra.

En cada estado del oeste, del sur, del centro o del este, la nación norteamericana era lo mismo: saturada de criminales, ladrones, drogas, esclavitud, prostitutas, sexos, tráfico de alcohol, funcionarios y empresarios corruptos, jefes de bandas y sicarios. Ese era el patrón: corrupción arriba, violencia abajo y un pueblo en el centro pagando las consecuencias.

Ya no suelo ver películas, pero quise recordar el proceso de la acumulación originaria de capital sin tener que leer ninguno de los clásicos marxistas. Y comencé a buscar en Netflix la última película dirigida por Sergio Leone: Once Upon a Time in America. La traducción al castellano sería: <<Érase una vez en América>> o <<Érase una vez un tiempo en América>>. Como usted quiera. Lo que sí es seguro es que esta película describe la podredumbre social en la que se desarrolló este gran país, siendo un reflejo de sociedades anteriores, conformado por mafias en las ventas y distribución de todo.

La más grande de las mafias estaba y está arriba, desde el simple servidor público hasta llegar a los secretarios de Estado —llamados hoy ministros en otros países— y a los grandes dueños de fábricas. Un joven que crecía en Brooklyn (Robert de Niro), con un grupo de amigos, era uno de quienes dirigía una de las pandillas (ganga), pagada por “impolutos” hombres de negocios. Este crea una organización criminal muy respetada junto a otro adolescente llamado James Wood, que se había mudado del Bronx al barrio judío de Williamsburg.

Este último, con todo el deseo de llegar hasta donde la ambición se lo permitiera, como especie de locomotora, dado sus pocos escrúpulos y sin pensar a quién se llevaría por el medio, se convirtió en un temible sanguinario y maquinador en la búsqueda de ascenso y riqueza.

Lo interesante de todo esto es que tantos políticos como hombres de negocios, policías y sindicatos los contrataban para el trabajo sucio y criminal: drogas, prostitución, homosexualismo, robos, asaltos, venta y tráfico de alcohol, sobornos, chantajes, secuestros, etc. Todo esto era parte intrínseca de ese proceso de acumulación. Lo terrible era quiénes quedaban atrapados en las garras de la depredación.

Los que encabezan o auspician esta depredación capitalista no tienen freno en pisar y mandar al más allá aun a aquellos que alguna vez fueron sus mejores amigos o aliados. Este proceso se construye sobre la base de fulminar a cualquiera y machacar a quien sea.

Eso fue lo que hizo James Wood y, al final, murió de la misma forma en que había vivido: triturado por los ojos de quienes enterró. Y Robert de Niro terminó adicto al opio del cual se lucró.

Es incompatible moralmente construir tus éxitos o imperio sobre los cadáveres de tus amigos, aliados o inocentes.

Porque en algún momento los necesitarás, y ya nadie confiará en ti.

La ambición de uno destruye la organización criminal de muchos. Pero, al final, el pueblo está de pie y aquellos que lo han abusado yacen en el cementerio.

Toda esta repetición histórica tiene una raíz espiritual: desde que la humanidad decidió apartarse de Dios e intentar borrarlo de su memoria, no ha valido ningún sistema de pensamiento para transformar lo que verdaderamente está enfermo: su interior.

Todo esquema filosófico solo ha servido para ultrajar y justificar la creencia de otros.

En fin, para mí solo existe un principio de pensamiento filosófico, y es Jesús: creer en fe para adquirir conocimiento.

Muy parecido al drama que hoy viven tantas familias dominicanas. Hombres y mujeres buenos ven cómo otros se llevan sus ansias, sueños, deseos, ilusiones y los destruyen. Porque ese mismo patrón que marcó a los Estados Unidos hace cien años es el que hoy vivimos en la República Dominicana.

La acumulación originaria de antes se hacía con pistolas, whisky ilegal, mafias y sobornos. Hoy se hace con licitaciones amañadas, tráfico de influencias, drogas, redes políticas, contratos turbios y pactos ocultos —otro disfraz de la misma enfermedad histórica—. Casos que van desde el desfalco administrativo hasta la manipulación de instituciones dejan ver que el patrón no se ha roto: solo se ha modernizado.

Esta maldita acumulación ha roto los pilares sólidos de una sociedad decente y solidaria para colocar el egoísmo, el miedo, el pánico, la inseguridad, la depravación y la segregación social.

Finalmente, los norteamericanos tuvieron que hacer respetar sus leyes. Cayeron muchos y fueron bañados en su propia sangre. Pero la ley es la ley y ha obligado a todos por igual.

Y así ocurre siempre: ningún imperio de impunidad ha sobrevivido. Todos caen.

La historia nos llama a no repetir el mismo patrón. La ciudadanía no puede dormirse otra vez.

LA DESGRACIA DE LA IMPUNIDAD NO PASARÁ.

NI SUS CORRUPTOS.

Y PUNTO…


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