RD y el capital “invisible” que sostiene su economía
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La paradoja de una nación extendida
En la teología, la filosofía y la economía existen conceptos que obligan a mirar más allá de la primera impresión de la realidad. Uno de ellos es la paradoja: aquello que parece contener una contradicción, pero que, al analizarse con mayor profundidad, revela una verdad más amplia.
Por ejemplo, en la teología cristiana encontramos una de esas paradojas profundas relacionadas con Jesucristo: «El que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por causa de mí, la hallará» (Mateo 16:25). Desde la lógica natural parece contradictorio perder para ganar; sin embargo, la enseñanza muestra que hay verdades que solo se comprenden desde una perspectiva superior.
Si entonces nos vamos a la filosofía, encontramos la paradoja de Buridán, que describe a un hombre hambriento colocado entre dos platos de comida idénticos, incapaz de elegir porque no encuentra una razón para preferir uno sobre otro. La indecisión trae como consecuencia morir de hambre.
En economía ocurre algo similar. Hay fenómenos visibles, medibles, que producen resultados comprobables, pero que no han sido incorporados a una estrategia nacional de desarrollo.
Es el caso particular de la comunidad dominicana en el exterior. La paradoja económica consiste en tener un capital humano y financiero gigantesco que sostiene al país, pero que todavía no ha sido incorporado en el proceso integral de inversión y crecimiento.
Otra nación
Para tener mejores argumentos sobre la teoría que exponemos, el último informe del Instituto de Dominicanos y Dominicanas en el Exterior (INDEX) estima en 3,030,647 los dominicanos residentes fuera del país, más o menos el 28 % de la población nacional.
Es decir, casi tres de cada diez dominicanos viven fuera de su territorio, manteniendo vínculos familiares, económicos, emocionales y culturales con la patria.
Esta realidad demuestra que la nación no termina en sus fronteras geográficas.
Existe una República Dominicana extendida por Estados Unidos, América Latina, Europa y otros lugares del mundo. Constituye la otra nación que trabaja, pero que continúa participando activamente en la economía de su país.
El poder de las remesas
Una demostración es que, durante décadas, millones de dominicanos en el exterior han enviado recursos a sus familias. Lo que comenzó como un acto de solidaridad familiar se convirtió en uno de los principales pilares económicos de la República.
Según cifras del Banco Central, las remesas alcanzó en 2025 los US$11,866.3 millones. La evolución histórica muestra una transformación extraordinaria: en el año 2000 rondaba los US$2 mil millones; en 2010 superó los US$4 mil millones; después de la pandemia pasaron la barrera para colocarse en más de US$11 mil millones anuales. Hoy, esos números representan el 9 % del Producto Interno Bruto dominicano.
Pero, para comprender su magnitud, basta dividir ese flujo entre los más de tres millones de dominicanos residentes en el exterior: alrededor de US$3,915 anuales por persona, cerca de US$75 semanales.
Esa realidad supera cualquier teoría.
Una comparación
Estas cifras permiten observar una realidad pocas veces analizada.
En 2025: Remesas US$11,866.3 millones. Turismo: US$11,318 millones. Inversión extranjera directa: US$5,032 millones. Zonas francas: más de US$8,000 millones en exportaciones.
La comunidad dominicana en el exterior generó un flujo de divisas comparable o superior al de los sectores históricamente considerados estratégicos para la economía nacional.
La reflexión es inevitable: si estos sectores cuentan con políticas públicas de promoción, incentivos y estructuras de desarrollo, ¿por qué la comunidad del exterior todavía no tiene una estrategia económica equivalente?
Un sector sin incentivos
La comparación nos dice que el turismo recibe promoción internacional, incentivos, infraestructura y facilidades regulatorias. Las zonas francas operan bajo un régimen especial que facilita su competitividad. La inversión extranjera directa se atrae mediante políticas específicas.
Las remesas del dominicano, en cambio, no reciben incentivos ni subsidios. Los US$11,866.3 millones enviados en 2025 provienen exclusivamente del trabajo y sacrificio personal de millones de compatriotas fuera de su país.
No son producto de una política pública de captación de capital. Son el resultado del compromiso de una comunidad con sus familiares y con la nación.
Aquí es donde aparece el conflicto estructural: durante más de cuatro décadas, el Estado ha recibido los beneficios macroeconómicos de las remesas —estabilidad cambiaria, expansión del consumo y reducción de la pobreza— sin construir la arquitectura institucional necesaria para transformar ese flujo en desarrollo productivo.
Podemos llamar a ese aporte capital “invisible”: todo recurso económico y de conocimiento que sostiene la economía dominicana sin aparecer en el presupuesto, sin incentivos y sin reconocimiento institucional.
Continuará…