El temor de Occidente: El alma del enemigo

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El temor de Occidente: El alma del enemigo
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China tras Xi, el vacío imperial: Si en Rusia el poder es trauma, en China es eternidad. Xi Jinping no solo es el líder del Partido Comunista; es el arquitecto de una nueva cosmovisión imperial. Ha borrado los márgenes entre Estado, Partido y Nación. Su sombra es larga, y su ausencia será abismal. ¿Quién podría llenarla sin que el sistema colapse sobre sí mismo?

Xi ha roto con la tradición de sucesión pacífica instaurada por Deng Xiaoping. Eliminó los límites de mandato, purgó rivales, silenció voces internas. 

En palabras de Neil Thomas, del Center for China Analysis: “La respuesta más honesta a la pregunta de quién lo sucederá es simplemente: no lo sabemos.”

De los nombres que surgen con fuerza es Wang Huning, el ideólogo en las sombras. Nunca ha comandado tropas ni ministerios, pero ha diseñado la narrativa nacionalista de Xi: la fusión entre comunismo, confucianismo y grandeza civilizatoria. Si ascendiera, no buscaría controlar por fuerza, sino por mito.

Wang representaría el paso del poder físico al simbólico. Para él, el mundo es un campo de batalla cultural. No desafiaría a Occidente con tanques, sino con historia. Querría rediseñar el orden internacional desde valores chinos. Un enfrentamiento de almas más que de armas.

Otro perfil es Li Qiang, primer ministro y ex jefe del partido en Shanghái. Más pragmático, más orientado a los negocios. Representa el ala que entiende que sin crecimiento económico, no hay estabilidad política. Su liderazgo pondría la economía por delante de la ideología. Pero en China, eso es peligroso.

El riesgo de un perfil como Li es doble: no tiene el culto ni el miedo que protegieron a Xi. Y su apuesta por abrir la economía podría irritar a los halcones del partido. Si fracasa, caerá como muchos tecnócratas antes que él. Si triunfa, podría marcar una nueva era de “autoritarismo económico sin épica”.

Una tercera opción —más probable que deseable— es el retorno a un liderazgo colectivo. Una cúpula gris que administre el país sin rostro, sin gloria. Eso evitaría otro emperador, pero también implicaría parálisis. El sistema volvería a ser burocracia pura. Menos audacia, pero también menos riesgo.

Para Occidente, este escenario es de doble filo. Un gobierno colegiado sería más abierto a influencias externas, pero también más lento y desconfiado. El vacío de poder sería ocupado por comités, no por ideas. Una China así sería menos peligrosa… y menos predecible.

Como advierte Christopher K. Johnson, exanalista de inteligencia de EE.UU., “el problema no es solo quién sucede a Xi, sino qué tan frágil estará el sistema cuando lo haga”. 

Porque el mayor peligro en una dictadura no es el tirano, sino su ausencia. El poder sin liderazgo es caos.

Además, la población china está cambiando. Fatigada por los confinamientos, las crisis inmobiliarias y la censura digital, comienza a mostrar señales de descontento latente. Un nuevo líder que no comprenda estas pulsiones internas podría provocar más represión… o más revuelta.

A diferencia de Rusia, donde la élite teme el caos, en China temen el desorden moral. La ruptura del relato central, del “Sueño Chino”. Un líder que no logre reencantar a las masas, incluso con estabilidad económica, será visto como un usurpador del legado de Xi. El culto impone herencia.

Occidente debe entender que la transición en China no es solo institucional, sino espiritual. El sucesor de Xi no solo deberá gobernar, deberá encarnar una narrativa. Si no lo hace, el vacío será llenado por ultranacionalistas más peligrosos. O por fuerzas que hoy parecen imposibles, pero no lo son.

Como indica el informe de la Oficina del Director de Inteligencia Nacional (ODNI), China seguirá siendo el principal rival sistémico de EE.UU. en la próxima década. La pregunta es si lo será bajo una lógica de confrontación retórica o bajo una racionalidad económica. Todo depende del alma que asuma el mando.

Este es el momento para que las democracias estudien, observen y se preparen. El día que Xi caiga, no habrá tiempo para improvisar. Las relaciones, los mensajes, las presiones y las aperturas deben ensayarse desde ahora. Como en el arte marcial, se gana no con fuerza, sino con anticipación.

Porque el enemigo del futuro no será más predecible que el actual. Puede ser más joven, más radical, más inteligente, o simplemente más desesperado. El alma del poder en transición es la más peligrosa de todas. Y entenderla a tiempo será la diferencia entre el colapso de un orden… y su renacimiento.


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