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martes, febrero 7, 2023
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La identidad en el cine dominicano

Si usamos esta cita como rasero para el cine que se hace en Dominicana, pocos pasarían el examen. Si me lo preguntan, creo que la mayoría de nuestras películas no exponen con sentido de trascendencia nuestra existencia como nación y, aunque promueven las bellezas naturales de nuestro país, muy pocas sirven de vehículo para dar a conocer los elementos que conforman nuestra identidad.

Cuando digo identidad, no sólo me refiero, por ejemplo, a los acentos regionales con los que hablamos (los cibaeños con la «i», los capitaleños con la «l», los sureños con la «r», etc.). Eso es apenas la punta del iceberg. Esos elementos identitarios están presentes, de muchas formas, en lo que somos y nos diferencia del resto del mundo. Tomando como criterio la presencia de muchos de esos elementos en su propuesta dramática, les presento 5 filmes dominicanos que merecen esa denominación.

  1. Cocote (2018, Nelson Carlo de los Santos Arias) No hay encuadre cómodo para el espectador acostumbrado a las tomas «clásicas». De los Santos nos hace fraternizar con sus personajes, con sus desvelos, con sus quejas sacadas a flote por el ron que se consume, «a pico e’botella», al calor de una hoguera improvisada. Nos convierte, de manera hinóptica, en parte de la familia, nos hace sentir la densidad del aire que se respira en el rancho y la fatalidad que consume los pocos puntos de esperanza que flotan en el aire.

Alberto es una pobre alma en pena que se ha refugiado en los evangelios para encontrar sosiego.

Para escapar de toda la miseria que ahoga su gente, ha tenido que marcharse de Pedernales, un pueblo que debe su nombre a la piedra que se ha usado como símbolo de determinación. Pero una tragedia le obliga a volver a su hogar, nunca dulce, hogar. Regresar es como adentrarse en el corazón de las tinieblas de esta tierra y su inquietante belleza rojo bauxita.

  1. Candela (2021, Andrés Farías) «Caribe es ser y estar. Es la catástrofe y la calamidad, el insostenible azar, soportar la realidad y gozarla hasta su molécula última. La línea azul constante, como promesa de querer salir del país que te toca porque es corrupto y corrompe», reza el manifiesto que suscriben los autores de la novela, del guión y de la película Candela. Ese ser y estar que define nuestra condición de caribeños es fundamental para adentrarnos en los (sub)mundos de este excelente filme: el prostíbulo como centro neurálgico de todos nuestros universos, el sexo como desahogo existencial ante tanto azar y tanto olvido, todo lo que se oculta detrás de la máscara que la sociedad nos obliga a usar.
  2. Carajita (2022, Silvina Schnicer y Ulises Porra) En su estreno en el Festival de San Sebastián, uno de los pocos festivales Clase A del mundo, este filme consiguió una mención de honor en la categoría de «Nuevos Directores». Las Terrenas, lugar paradisíaco de la República Dominicana, emerge como escenario perfecto para esta poética lucha de clases, en una película que abre con una reflexión sobre el destino que forma parte del ADN dominicano: «El azar es caprichoso», una especie de axioma existencial que nos marca de manera inexpugnable para cada cosa que pensamos, intentamos o hacemos. ¿El mito del jardín divino? Dulce ilusión que nos venden a cambio del puntual diezmo.
  3. Miriam Miente (2018, Natalia Cabral y Oriol Estrada) República Dominicana es el único país del mundo que utilizó la denominación «I» (indio) en su documento de identidad nacional como color para sus ciudadanos. Nadie quiere admitir que es negro: a lo sumo «indio» y con el apellido de algunas de sus variantes: «indio claro», «indio oscuro», etcétera. Esa negación de nuestras raíces africanas, alimentadas por décadas de deficiente educación, nos confunde a todos en los términos de nuestras expectativas, incluyendo al personaje que nombra la película quien, al punto de cumplir sus dulces quince, sufre lapresión social para salir adelante. El primer largometraje de ficción de Cabral y Estrada se convirtió en el primer filme dominicano en ganar el Colón de Oro en el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva.
  4. Dólares de arena (2014, Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas) Samaná, ese paraíso nuestro, es un Shagri-La tropical de corazones mustios que buscan sanación en la permanente orgía de café, tabaco, ron y sexo, disfrazado de ternura que sus euros pueden comprar. Con ellos pueden incluso comprar la ilusión de ser amados a la orilla del mar. Pero es también un estado mental en la permanente esperanza de que un turista de cualquier parte nos ayude a largarnos de esta tierra que brinda tan pocas oportunidades. En el interín, entregar el cuerpo es lo de menos, mientras se pueda saciar el hambre de pan y la sed de cerveza. Y no hay mejor auditorio para que suenen las bachatas de Ramón Cordero, bálsamos para las penas infinitas. Mientras más locales, más universales. Un axioma del mundo del arte

que tiene una sola interpretación. Sin embargo, muchos de nuestros filmes adolecen de nuestros acentos, de nuestros colores, de nuestros excesos, con el fin de conquistar otros mercados, meta que me parece absolutamente posible y necesaria. Craso error: Precisamente por ser auténticos es que podemos ganarnos un espacio dentro de la diversidad global que muestra el mundo contemporáneo.

Me remito al éxito de uno de nuestros mejores artistas: Juan Luis Guerra. Cuando se escribe una bachata, ¿preocupa que necesita ser «entendida» para ser «aceptada»? Claro que no. Me dirán que el lenguaje de la música es universal. Anoten: el lenguaje del cine también es universal. Se trata de expresarlo correctamente. (*) El autor es crítico de cine.

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