La izquierda que no ha aprendido del dolor

En América Latina, aún persiste una fascinación por el marxismo clásico o su nueva versión de socialismo siglo XXI. Hasta llegar más allá de la sin razón de romantizar figuras como Fidel Castro, Hugo Chávez, Che Guevara (ambos EPD), Daniel Ortega y su esposa —la bruja— creyendo en mitos, sumado al silencio de regímenes como el de Nicolás Maduro (preso), revela una izquierda desnuda sin visión
Quiero decir, antes de pasar al análisis, que no estoy defendiendo la derecha reaccionaria o la izquierda totalitaria violenta que oprime los derechos de libertad democrática. Sino que la denominada “izquierda del Siglo XXI” ha fallado sistemáticamente desde el gobierno en proveer la justicia social que acompaña su discurso.
Ejemplos contrarios son los presidentes Nayib Bukele y Javier Milei, quienes han mejorado —conforme la circunstancia— el nivel de vida y seguridad ciudadana.
En cambio la izquierda se acomodó al sistema que dice depreciar y sus líderes se convirtieron en multimillonarios. Y en su mayoría estan o han sido judicializados por corrupción.
La utopía proclamada por Venezuela, Nicaragua, la Argentina de Kirchner, Colombia (Petro, borracho dando discurso), y la revolución cubana; que durante décadas con Fidel tradujo en represión la crítica política y empobreció un pueblo obligándolo a un éxodo de miles y el caso de Maduro de millones.
Estos hechos nos inducen a preguntarnos: ¿Qué queda de esa promesa más allá del control estatal en la narrativa?
Podemos responder. Nada.
Aunque la crítica al intervencionismo de EE. UU. Es muy válida.
Pero cuando se convierte en el único eje del pensamiento político, se cae en el simplismo y la vaguedad.
Creer que todo lo que confronte a Washington es, automáticamente, “popular” o “revolucionario”. Es un error. Así, que líderes como Vladimir Putin, Xi Jinping y las teocracias islámicas se presentan como contrapesos del “imperio Estadounidense”, aunque sus pueblos viven en regímenes represivos.

Miren los malos ejemplos en Latinoamérica, Evo Morales, bajo juicio, Maduro preso, y Daniel Ortega; defendidos por intelectuales y activistas que ignoran las cárceles llenas, elecciones manipuladas y la prensa silenciada.
Aun así, todavía quieren darles lecciones a Nayib Bukele y a Javier Milei sobre derechos humanos.
La paradoja de estos defensores es que viven en democracias liberales como Nueva York, Londres, Madrid, París, Suecia, Ginebra. Con sus hijos siendo beneficiados del sistema que “odian”… Así, sí es bueno. Desde esos espacios amplios y lujosos escribir artículos, impartir docencia, charlas conferencias y publicar ensayos que exaltan regímenes donde esas mismas libertades son impensables.
Ellos —los socialistas XXI— críticos consuetudinarios, no se van a vivir a La Habana, Pekín, Corea del Norte, Pakistán, Irán, etc…, para desde adentro escribir en su contra.
No son estúpidos…
Por el contrario, presentan una doble moral — rasero— que destruye la legitimidad de cualquier propuesta de “renovadora, responsable y revolucionaria”. Mientras se pida justicia desde la comodidad de Occidente y se voltee la cara para ignorar el sufrimiento real de millones de ciudadanos oprimidos por sus “redentores socialistas” no hay diferencia entre el silencio cómplice y la colaboración abierta.

Es por ello el vuelco de los pueblos latinoamericanos en cada elección hacia la derecha y peor en ocasiones a la extrema.
José Carlos Mariátegui, uno de los pocos marxistas auténticamente latinoamericanos, lo dijo claro: “No queremos calcar y copiar, sino crear”. Pero muchos de sus herederos políticos prefirieron copiar los manuales de la URSS y repetir los fracasos de Europa del Este, sin adaptar nada a nuestras realidades ni asumir los errores.
La “izquierda” no tiene humildad ni capacidad de rectificación, porque ha dejado de leer a sus pueblos; ha dejado de escucharlos. Frente al hambre, la mala educación, salud, la migración masiva, que destruye frontera, la deconstrucción social para fragmentar familia, la guerra de género, criminalizar o reprimir los reclamos políticos, responden todavía con citas de Lenin, Gramsci o Zizek.
El socialismo del siglo XXI se volvió un dogma frío, y una lucha cultural, más que política y socioeconómica, que solo sirve para justificar el poder absoluto en nombre del pueblo.
Jorge Semprún, antiguo comunista español y sobreviviente de Buchenwald, lo denunció con crudeza: “El drama del comunismo fue creer que el fin justificaba todos los medios, incluso la mentira y el crimen”.
Esa ha sido la constante: ocultar la violencia en nombre de la historia, callar el dolor en nombre de la revolución. Y cuando se hace crítica para mejorar, entonces se es o era revisionista traidor y reaccionario.
¿Qué revolución permite que millones huyan por hambre?
¿Qué liberación es esa que no deja votar libremente, que encarcela periodistas o persigue a líderes políticos, religiosos, indígenas y sindicalistas?
¿Qué libertad es la que sofoca las propuestas estudiantiles alegando traición a la revolución porque no comulgan con el partido?
¿Qué sistema puede ser el que mantiene a sus ciudadanos bajo vigilancia permanente sin poder criticar la violencia contra el derecho?
¿Qué sistema en vez de proteger la familia quiere destruirla bajo una nueva reconstrucción e identidad de género ?
La izquierda que no denuncia esto se ha desviado del camino.
No se trata de defender al capitalismo. Se trata de no volver a los viejos dogmas del totalitarismo bajo excusa de luchar contra él sistema.
La derecha ha tomado el discurso y las acciones de lucha de la izquierda: contra las drogas, la corrupción pública y privada, el crimen organizado, las injusticias sociales, a favor de la familia, del concepto de dos géneros, descalifica los medios “amarillos” —así decía la izquierda— que se engordan con el dinero público, a los periodistas chatarras, a los banqueros inmorales junto con los empresarios corruptos y políticos bota míao de la oligarquía, etc…
Esa derecha tomó la narrativa y la ha convertido en su bandera de lucha para exigir y llamar dictadura a la dictadura —porque no solo son políticas—, también mediática, (poderes fácticos) sin importar si tienen una cruz o una biblia, un corán o media luna, una estrella roja, la hoz y el martillo o un águila con estrellas.
Esa derecha es la que está defendiendo los cimientos que dieron origen a la civilización occidental.
En cambio, la izquierda sigue con su ceguera ideológica para engancharse en el oportunismo.
Cómo puede negarse que con el derechista Nayib Bukele, El Salvador está mejor, o Argentina con Javier Milei.
Lo dijo con lucidez Octavio Paz: “Toda dictadura es una traición a la revolución”. Y eso es lo que la izquierda debe recordar si quiere ser vista como una opción digna, ética y moral, sin mitología. No más autoritarismo.
La verdadera utopía comienza cuando se respeta en todo el concepto: La Libertad. Y los gobiernos de izquierda han fracasado en América Latina.
Continuará…
Próximo artículo: El Comunismo perfeccionó al Capitalismo.
