El PRM y el consenso: nadie tiene autoridad moral para objetarlo

En política, el consenso no es una concesión débil, sino una expresión de madurez institucional. Cuando un partido como el PRM apuesta por el diálogo interno y la concertación —ya sea para renovar su estructura o definir candidaturas— no está renunciando a la competencia democrática; por el contrario, busca evitar que la lucha interna derive en autodestrucción.
Pero lo curioso, en este caso, es que quienes hoy critican el consenso a lo interno del partido fueron los mismos que, en su momento, se beneficiaron de él.
Recuerdo con precisión y claridad que, en el proceso pasado, los compañeros que estuvieron bajo mi orientación política fueron considerados, al igual que yo, “ovejas negras” por oponernos a la selección de una dirigencia por “consenso o acuerdo» y las candidaturas mediante encuestas.
Durante todo ese pasado tiempo me propuse armar la carpintería para presentar un candidato con el que pudiéramos reorganizar la estructura del partido y relanzarlo para tratar de hacer un matrimonio con las organizaciones sociales y mostrar una visión distinta de la dirección existente.
¿Qué buscábamos? Tratar de desplazar esa directiva y agregar insumos al partido. Esta idea, también la expuse y cuaje en la República Dominicana con otra persona.
Sin embargo, el candidato que hice a golpe de estrategia, resultó tener una visión estrecha y más sectaria, la que acompañó con una triste actitud negociadora egoísta, esa conducta me obligó a retirarle el apoyo.
Al final, la visión de una seccional bien organizada naufragó.
En otras ocasiones y en varias oportunidades recomendé a quienes dirigen ahora que era necesarioun reencuentro de todos, ya que la política había roto vínculos afectivos de años, y eso no podía ser posible. Porque les estábamos dando los argumentos necesarios a la dirección nacional en Santo Domingo para justificar que éramos incapaces y poder quedarse con las posiciones en el gobierno que, por derecho y sacrificio, le correspondía al exterior.
Por distintos medios quise que entendieran la importancia de ese acercamiento con la otra facción que se sentía desplazada. Para cambiar la imagen de un partido que no sale del cuadrilátero.
Pero su respuesta siempre fue negativa.
Nunca olvidaré que, en la repartición de cargos, me ofrecieron algunas opciones para una posición, y las rechacé, tratando de ser coherente con lo que decía y escribía. Aunque al final entendí que era válido que algunos de los compañeros que me acompañaban en la cruzada tenían derecho a un cargo. ¿Y qué ocurrió? Que ese dirigente, a quien le suministré los nombres, no colocó ni a uno solo en la dirección ejecutiva de la seccional. Llegaron tan lejos que incluyeron mi nombre con otro apellido, sin número de cédula ni dirección.
¡Qué ironía!
Sin embargo, hoy se oponen al consenso, después de haber promovido a personas que nunca han pisado el local del PRM en el 1880 de Carter, en el Bronx.
La historia política dominicana está llena de ingratitud, pero también de pactos, de arreglos y decisiones colegiadas que han permitido estabilidad en momentos de tensión. Pretender ahora vestirse de “puristas sacerdotal” resulta, cuando menos, contradictorio: ponerse una falda hasta el tobillo, pero sin blumen.
Por tanto, sigo insistiendo en que hay que abrir el partido, para renovar sus organismos y hacer que los distintos frentes de masas funcionen, en especial los de la juventud, las mujeres y los frentes sectoriales. Debemos procurar la creación de un equipo de voceros que constantemente estén en los medios y las plataformas, defendiendo la gestión y promoviendo las iniciativas del partido.
Debemos lograr una hibridación del partido con las organizaciones comunitarias, disciplinarlo para recibir a los nuevos miembros, crear la comisión de gestión empresarial para financiar los proyectos y programas, poner a funcionar la escuela de formación política y gestión pública, para atraer a los intelectuales y profesionales bien calificados, renovar el local del partido y fomentar la competencia sana para ayudar a crecer las regiones.
Aunque mi deseo sería la formación de varias seccionales para descentralizar el partido, al menos en Nueva York.
Por consiguiente, el consenso, bien entendido, no es imposición; es un mecanismo político para evitar fracturas innecesarias. En partidos jóvenes o en proceso de consolidación, como el PRM, la unidad no es un lujo: es una condición de supervivencia. Abrir procesos internos sin control, sin reglas claras o sin voluntad de acuerdo puede derivar en divisiones que luego el electorado castiga, más aún cuando la alta dirigencia sabe que podría ser desplazada.
Además, hay un punto clave en todo esto: la autoridad moral.
Ningún dirigente que haya participado en acuerdos, negociaciones o repartos internos anteriores puede criticar o descalificar el consenso hoy como si fuera una anomalía, por el simple hecho de que no le favorece.
¡Oh, pero el que te eligió sí era bueno!
La política no se construye en el vacío, sino en la negociación constante. Negarlo es desconocer cómo funciona el poder.
Figuras históricas de la política dominicana, como Joaquín Balaguer, Peña Gómez, Juan Bosch, y en el presente: Leonel Fernández, Hipólito Mejía y Luis Abinader, han utilizado el consenso como herramienta para gobernar, sostener coaliciones y mantener estructuras partidarias. No siempre fue perfecto, pero sí eficaz.
El problema no es el consenso; el problema es la falta de transparencia y de reglas claras en su aplicación. Cuando el consenso se percibe como un reparto cerrado o una imposición de cúpulas, pierde legitimidad.
Pero cuando responde a un proceso de diálogo real, se convierte en una salida política inteligente.
En el caso del PRM, el desafío no es eliminar el consenso, sino perfeccionarlo: hacerlo más participativo, más abierto y más creíble ante la base. Porque en política, tan importante como decidir es cómo se decide.
Por eso, antes de condenar el consenso, muchos dirigentes deberían revisar su propia conducta e historial.
La memoria política es corta, pero no inexistente. Y en ese espejo, pocos pueden arrojar la primera piedra.
Finalmente, quienes hoy critican el consenso en público son los mismos que se han beneficiado de él en privado.
Y si gustan podemos debatir esto con los de aquí y los de allá en público.
